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Artemis II: lo que le ocurre al cuerpo humano cuando se aleja de la tierra más que nadie en medio siglo


Artemis II lo que le ocurre al cuerpo humano cuando se aleja de la tierra

Alberto Martínez   Abri 11 2026

• Mientras el mundo miraba hacia la Luna con la nostalgia y el asombro reservados para los grandes momentos de la historia, cuatro astronautas a bordo de la cápsula Orion completaban en abril de 2026 el trayecto más lejano recorrido por un ser humano desde el programa Apolo: más de mil veces la distancia que separa a la Tierra de la Estación Espacial Internacional, un territorio donde la magnetosfera terrestre ya no ofrece ninguna protección contra los rayos cósmicos y las partículas solares que bombardean el cosmos.

Ciudad de México, 11 de abril de 2026. –Pero mientras el mundo celebraba el hito, una pregunta silenciosa recorría los laboratorios del Programa de Investigación Humana de la NASA: ¿cuánto puede resistir el cuerpo humano en un entorno para el que nunca fue diseñado? La misión Artemis II no es solo un logro de ingeniería; es también el experimento médico más ambicioso sobre salud espacial realizado en décadas, y los datos que están siendo recolectados: muestras de sangre, orina y saliva, sensores de radiación en el cuerpo de cada astronauta, y hasta chips de tejido óseo que simulan el comportamiento de sus órganos en tiempo real; podrían redefinir nuestra comprensión de los límites biológicos de la especie. El Dr. Steven Platts, científico en jefe del área de investigación humana en el Centro Johnson de la NASA, ha descrito el espacio como un lugar profundamente estresante para el cuerpo humano, y ha sistematizado los riesgos bajo el acrónimo RIDGE: radiación, aislamiento, distancia de la Tierra, gravedad ausente y entorno hostil. Cada uno de esos cinco factores, en la misión Artemis II, alcanza una intensidad que no había sido enfrentada por ningún astronauta desde las misiones Apolo de los años sesenta y setenta, y que en algunos aspectos, particularmente en el monitoreo biomédico no tiene precedente alguno en la historia de la exploración espacial.

La radiación cósmica es quizás el riesgo más invisible y al mismo tiempo el más profundo al que se enfrenta el cuerpo humano al salir de la órbita baja terrestre. Dentro de los límites de la magnetosfera, los astronautas en la Estación Espacial Internacional reciben dosis de radiación ya superiores a las de la población general, pero el salto cualitativo que implica el espacio profundo es de otra magnitud. Se estima que la radiación cósmica tiene capacidades ionizantes significativamente superiores a las de la radiación ionizante utilizada en medicina, y su exposición continuada puede incrementar el riesgo de afecciones neurodegenerativas y de malignidades. Lo que preocupa particularmente a los investigadores no es solo el potencial carcinogénico de las partículas galácticas de alta energía, sino el impacto sobre el sistema nervioso central. Estudios de NASA financiados con el estudio de los gemelos Scott y Mark Kelly revelaron evidencia de metilaciones en el ADN asociadas a la exposición espacial, y en modelos animales irradiados con dosis equivalentes a las de misiones de espacio profundo se han observado síntomas de ansiedad, depresión y déficits en la flexibilidad cognitiva que recuerdan a los reportados por astronautas durante exposición sostenida en entornos aislados y confinados. Para medir la exposición en Artemis II, la cápsula Orion fue equipada con seis sensores de radiación y cada integrante de la tripulación porta un monitor individual en el bolsillo durante toda la misión, con capacidad para generar alertas si los niveles se elevan a rangos de peligro, algo que podría ocurrir si el Sol libera erupciones solares de alta intensidad durante el viaje. Los datos obtenidos son los primeros de este tipo registrados en astronautas más allá de la órbita baja en el siglo XXI, y permitirán a los investigadores comparar por primera vez la diferencia entre la exposición en la ISS y la que se experimenta en el espacio profundo, un salto que los modelos computacionales sugieren es drástico pero que hasta Artemis II nunca había sido medido directamente en el cuerpo humano.

La microgravedad; la ausencia práctica de gravedad que los astronautas experimentan en vuelo,transforma el organismo de maneras que décadas de investigación en la ISS apenas han comenzado a mapear con precisión, y que en el contexto de una misión lunar o marciana plantean interrogantes de seguridad aún sin respuesta definitiva. El esqueleto humano, construido evolutivamente para soportar el peso constante de la gravedad terrestre, comienza a perder masa ósea de forma acelerada desde los primeros días en órbita: se estima que la pérdida ósea acelerada ocurre a una tasa del 0.5% al 1% por mes en el cuerpo completo, debido a las bajas fuerzas gravitacionales que experimenta el organismo. La musculatura esquelética sufre un deterioro paralelo, y el corazón, un músculo que trabaja contra la gravedad para bombear sangre hacia el cerebro, experimenta una atrofia progresiva al no requerir el mismo esfuerzo en microgravedad. Pero el efecto quizás más perturbador ocurre en los fluidos corporales: la microgravedad determina un desplazamiento masivo de fluidos desde la parte inferior hacia la parte superior del cuerpo, aproximadamente dos litros, principalmente en el compartimento venoso, como consecuencia de la pérdida del gradiente de presión hidrostática que normalmente atrae los fluidos hacia las extremidades inferiores. Este redistribuimiento genera presión craneal elevada, distensión de venas yugulares, y una cadena de consecuencias neurovasculares que son actualmente objeto de investigación intensa. Para comprender mejor estos efectos a nivel orgánico, la misión Artemis II incorporó el estudio AVATAR “Virtual Astronaut Tissue Analog Response”, que emplea chips de tejido óseo derivados de células de los propios astronautas para simular en tiempo real cómo responden sus órganos a la radiación y la microgravedad del espacio profundo. Articulado a través de los datos del estudio Spaceflight Standard Measures, que ha recopilado información de astronautas de la ISS desde 2018, el conjunto de datos de Artemis II permitirá trazar por primera vez una comparación sistemática entre los efectos de la órbita baja y los del espacio profundo sobre el organismo.

Ningún hallazgo de la medicina espacial ha generado más inquietud en los últimos años que el síndrome neuro-ocular asociado al vuelo espacial, conocido por sus siglas en inglés como SANS, una condición que revela con precisión inquietante cuán profundamente el cerebro y el sistema visual son vulnerables al entorno del espacio. El SANS es una serie de alteraciones neuro-oculares que pueden modificar irreversiblemente la visión y elevar el riesgo de desarrollar enfermedades oculares y cerebrales equiparables a las observadas en la Tierra. Sus manifestaciones clínicas incluyen edema del disco óptico, aplanamiento del globo ocular, pliegues en la coroides, desplazamiento hiperópico del error refractivo y manchas algodonosas en la retina. De acuerdo con los datos de la NASA, aproximadamente el 68% de los astronautas han experimentado alguna forma de SANS, con predominancia en el ojo derecho, y lo que resulta especialmente preocupante es que la incidencia del síndrome aumenta con la duración e intensidad de las misiones. El mecanismo exacto sigue siendo debatido en la comunidad científica: la hipótesis más aceptada atribuye el síndrome al desplazamiento cefálico de fluidos que eleva la presión intracraneal, pero estudios recientes apuntan también hacia disfunciones mitocondriales y alteraciones del sistema glinfático cerebral como posibles vías patogénicas. Un aspecto crítico de Artemis II es que los datos recopilados más allá de la órbita baja permitirán por primera vez examinar la interacción entre microgravedad y radiación sobre las estructuras más susceptibles del cerebro, una combinación sobre la que hasta ahora no existen datos directos de seres humanos. PubMed Central Lo que la ciencia sí puede afirmar es que, hasta la fecha, no existe ningún tratamiento farmacológico probado que prevenga o revierta el SANS durante el vuelo, lo que convierte su manejo en una de las prioridades más urgentes para cualquier misión de larga duración hacia la Luna o Marte.

El riesgo psicológico del espacio profundo es quizás el menos espectacular en términos visuales, pero uno de los más complejos desde el punto de vista clínico, porque actúa sobre el cuerpo de manera silenciosa, transversal y a menudo amplificada por todos los demás factores de estrés del entorno. El aislamiento en un espacio confinado del tamaño de una autocaravana, la distancia absoluta de cualquier forma de apoyo externo, la distorsión de los ritmos circadianos por la ausencia del ciclo natural de luz y oscuridad, y la presión constante de operar en un entorno donde el margen de error puede ser fatal, configuran un paisaje psicológico sin equivalente en la experiencia humana cotidiana. Las alteraciones de los patrones del sueño y la calidad del descanso, experimentadas regularmente por astronautas durante misiones de larga duración, pueden incrementar la acumulación de proteínas residuales en el cerebro, dado que la depuración proteica perivascular y no perivascular ocurre principalmente durante el sueño. Para Artemis II, investigadores estudiarán además si virus latentes, los que causan la varicela y el herpes zóster, se reactivaron en los astronautas durante la misión, algo que ya se ha observado en tripulantes de la Estación Espacial Internacional y que sugiere una supresión del sistema inmunológico bajo las condiciones del espacio. La investigación psicológica actual en salud espacial reconoce que el ser humano no enfrenta estos factores de manera aislada: la radiación daña neuronas, la microgravedad altera la arquitectura cerebral, el aislamiento suprime la respuesta inmune y el desajuste circadiano deteriora la cognición. En conjunto, estos factores dibujan un cuadro que obliga a replantear no solo los protocolos de salud para las misiones de exploración profunda, sino los fundamentos mismos de lo que significa enviar un cuerpo humano más allá de los límites del mundo que lo creó. La misión Artemis II no ha respondido todas esas preguntas, pero ha hecho algo igualmente valioso: ha convertido el cuerpo de cuatro astronautas en el laboratorio más ambicioso que la humanidad ha puesto en el cosmos, en busca de las respuestas que hagan posible lo que aún parece imposible.



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